«Al principio existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios«
Evangelio según San Juan (1, 1-18)

Que todo cuanto EXISTE; ES
y todo cuanto ES; EXISTE
por medio de la palabra.
Es tal el poder de la PALABRA, que inevitablemente, cuanto es expresado por medio de ella, tiene poder de creación, de sanación, a la par que de manipulación y destrucción.
Con ella, nos comunicamos, transmitimos opiniones, ideas, … describimos hechos sucedidos, lejanos o recientes, detallamos sueños por alcanzar, objetivos por cumplir, …
La palabra, en sus variadas vertientes (escrita, dialogada, cantada, plasmada a través de personajes en novelas, películas, cuentos, verbalizada a través de medios de información, …) es poderosa.
Sin ella, nada de cuanto existe sería. Por ella y a través de ella, todo se ha creado.

Es sutil, a la vez que sibilina. Amable, a la par que traviesa y malvada.
La palabra genera emoción y la emoción tiene la habilidad de llevarnos a un determinado estado físico. Sin percatarnos de ello, podemos experimentar lágrimas de dolor, tristeza, sentir ira, rabia, ahogo en el pecho, … debido a la fuerza y poder de sugestión de la palabra.
Es lo que nos contamos a nosotros mismos, por medio de la palabra, que conforma nuestro ser, nuestro modo de vivir y experimentar la vida.

Por tanto, la palabra, unida intrínsecamente al ser humano,
transforma y libera
o
ata y esclaviza a éste.
Y es tal el uso intencionado en contextos mediáticos, de la palabra, vertida a diario, de manera latente, sobre diversos temas, como guerras, crisis (económicas, climáticas, sanitarias, …) que tienen el poder de calar en la población. En el subconsciente e inconsciente colectivo de los seres humanos.
La idea de vivir sin miedo, sin temor hacia acontecimientos externos, ajenos a nuestra voluntad, a nuestra salud personal, presente o futura, es prácticamente imposible, pues nuestro cerebro primitivo nos mantiene siempre alerta sobre cualquier peligro que nos aceche (real o ficticio).
Cualquier palabra que no forme parte de nuestro vocabulario habitual, dicha y redicha por parte de medios de infoxicación, termina constituyendo parte de nuestro dictado interno (ese que nos contamos y que nos constituye como individuos únicos y unívocos) y afianza o frena nuestro discernimiento sobre la verdad.
Por ello, no ha sido descabellado ni absurdo el que la mayor parte de la población mundial (según la palabra dictada y vilmente sufragada) haya tragado las verdades impositivas emitidas desde hace más de 2 años, sobre p4nd3m1as, v4cun4s, … por TV y medios informativos (prensa, radio, RRSS, …) «oficiales».
Si alguien nos dice:
No pienses en un caballo blanco corriendo sobre la hierba, nuestro cerebro es incapaz de NO pensar en el caballo blanco corriendo sobre la hierba.

Luego lo dicho, lo hablado o escrito, tiene un poder subliminal de sugestión sobre cualquier individuo.
Quien no crea en el autocontrol emocional, físico y mental, verterá todas sus esperanzas de sanación y auto cuidado en el otro (en quien se preste a ser su bálsamo para las heridas, su solución frente a males y carencias -de salud, financiera, espiritual, …-), pongamos papá Estado y sus urdes mediáticas.
Y en esa tabla de salvación, en la que confían, pondrán todo su oído, su vista, sus sentidos, para realizar todo cuanto les sea dicho, autoconvencidos que será siempre por su bienestar psíquico, físico y mental personal.
Esa palabra de advertencia o ánimos será absorbida, cual mantra, por millones, en masa, dando cabida a una energía que no fluye hacia la verdad o liberación, sino que transforma, hunde y vuelve inhumanos, cuasi robóticos, a quienes no correspondería.
Sólo la verdad nos hace libres.
Vivir confusos y extenuados a base de malévolas noticias, a través de la palabra, no nos hace nada de bien. Al contrario, nos machaca la moral, el ánimo, la salud. Aturde y deteriora nuestra alma.
Si oímos la palabra VIRUS, automáticamente la asociamos a ENFERMEDAD.
Si oímos la palabra CONTAGIO, irremediablemente pensamos en PELIGRO.
Si oímos la palabra PANDEMIA, rápidamente pensamos en MORTALIDAD.
Luego, repetida incesantemente, por horas, a diario, … estas palabras, a través de medios de infoxicación,
¿qué tenemos?
¡Exacto!
Un campo minado de muchedumbres de personas, asustadas y temerosas, víctimas del miedo, capaz de asumir la próxima pócima o píldora que les venda papá Estado, que erradique de cuajo su malestar y permita volver a lo conocido y normal.
Es LA PALABRA, poderosa y sagaz. Fuerte y sublime.
Úsala en tu favor, no en tu contra.
Tú tienes el poder de utilizarla en tu beneficio.
Lo puedes decir a ti mismo:
Si quieres mejorar en salud, sanar; sánate. «Me siento sano, fuerte y vital».
Si quieres dejar de tener miedo, ten valor. «Tengo valor, confío en mí«.
Si quieres dejar de sentir angustia por todo cuanto nos bombardean a diario en las noticias (guerras, virus, crisis, …): «Soy autosuficiente, capaz de liberarme de temores y angustias externas. Me conozco y sé quien soy. No necesito a nadie que me indique un camino correcto, porque mi camino es correcto cuando hago el bien y discierno sobre la VERDAD«.
Nadie es más que nadie, nadie es más poderoso que nadie.
Todos somos iguales, todos somos uno.
Vivamos en paz y en consciencia, con el poder de la palabra liberadora y sanadora nacida del interior, y no con la recibida y bombardeada desde fuera, aquella que con ingeniería social nos intentan inocular a diario los medios informativos, con gran tesón e interés.

Pongamos en unión cerebro y corazón.
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Nos irá mucho mejor la vida.
